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Editorial

Transparencia: el mal necesario.

Por: Ernesto González Cancino

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Entre las demandas sociales que dieron origen a la república, en la revolución francesa, tuvo un papel importante la transparencia. El derecho del gobernado a conocer el gobierno. Sin embargo, el debate sobre la utilidad de la transparencia se remonta a los clásicos griegos, en cuanto una de las discusiones mas álgidas fué el conocimiento “superior” y no revelado sobre los asuntos del “estado”. En esa época había quien afirmaba que el pueblo no es tan sabio como para conocer toda la información sobre un asunto de índole público, revelarlo sería un atentado a la democracia; el otro bando (siempre hay otro bando) señalaba que era peor el riesgo de darle al gobernante el poder de ocultar bajo el pretexto de cuidar la democracia, pudiendo devenir en tiranía. El debate griego antiguo era entre democracia y transparencia. Hoy el debate que los opinólogos nos recetan es: la transparencia es necesaria para que persista la democracia.

Volviendo a la revolución francesa, la transparencia figura como un derecho del ciudadano, consagrado ya en su manifiesto, el derecho del gobernado de conocer al gobierno. Terminar el gobierno encerrado en grandes palacios, a oscuridad del gobernado, sin que éste pudiera tener información para emitir opinión. Sí, en su origen republicano, la transparencia se ideó como un derecho accesorio para la opinión pública. La opinión pública cuando es debidamente informada, se fortalece, en cambio, cuando se sustenta en percepciones atenta contra si misma. El viejo debate griego de poner en la balanza democracia o transparencia, el liberalismo francés lo sepulta. En México, en los 90´s  esta idea libertaria con un origen en el periodismo de crítica pública, se concreta en el Grupo Oaxaca, donde académicos, intelectuales, pocos políticos y muchos periodistas inician la batalla por hacer garante el derecho a la información pública.

Sin embargo, hoy, surge el debate sobre la utilidad de la transparencia. Válido y entendible, pues hay un grupo de opinólogos, lejanos e iletrados del origen del movimiento, que han generado debate público sin información y han atentado contra la transparencia. Le han atribuido a la transparencia mas poderes que a la “Pomada de la Campana”, al publicitarla como un remedio contra todo, llevándola a la inutilidad puntual.

A muchos nos molestan los dardos mañaneros, tan carentes de información como algunas defensas ridículas, en torno a la transparencia. El debate debiera iniciar por reconocer la utilidad de la transparencia para una democracia, y no terminar en un debate clásico: democracia o transparencia; o un peor aún: austeridad y recursos para los pobres o transparencia para sueldos a los fifís.

¿Para qué sirve la transparencia?

Para que los gobernados conozcamos al gobierno. Tengamos información sobre qué hace, por qué lo hace, cuánto invirtió, quién nos gobierna. Ser un gobierno sin transparencia, sería como contratar quien repare tu casa, sin saber qué hará, ni poder vigilarlo, confiar a ciegas en el, solo por que cuándo lo contraté me inspiró confianza. Sería volver a los reyes que lo son todo, que pueden desfilar desnudos sin que nadie pueda opinar.

Claro que la transparencia auxilia en la rendición de cuentas, el control de la corrupción, la eficiencia y el orden, la gobernabilidad, el profesionalismo del servicio público y tantas cosas mas, pero no son lo mismo.

Debo señalar que, al atribuirle tantas maravillas, hemos encarecido el precio del derecho a la transparencia, lo hemos vuelto un trámite limitado al acceso a la información pública. Transparencia es mucho mas que acceder a información, es un valor del servicio público y no un proceso para ejercer un derecho. Transparencia no es acceso a la información pública.

En lugar de pensar en desaparecer la autonomía de los órganos garantes, discutamos sobre el derecho a garantizar, sus beneficios y discutamos cómo deben ser y funcionar. Si el supremo relator del mensaje matutino nos dice muy temprano que en México mas de 200 personas cobran sueldos por encima de los 50 mil pesos en atender como jefes el tema de los Institutos de Transparencia, que es la mitad de lo que cuestan todos los Generales del ejército, ya sabemos el resultado de la opinión pública.

Pero si el debate es que gracias al ejercicio ineficiente, caro y burocrático del derecho de acceso a la información los mexicanos nos enteramos de tropelías como la Casa Blanca, la estada maestra, Lozoya y sus contratos, las casas de Bartlet y los contratos del hijo, los de la prima, y un largo etcétera; cambia el análisis.

Si en lugar de defender una nómina burocrática, poco justificada de Generales de la transparencia, movemos el debate a facultades y resultados la cosa cambia.

Hoy, la transparencia es un mal necesario para algunos. Para otros es una bandera para defender la democracia. Pero la transparencia es una condición gobierno.

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