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Opinión

El juego de la oca III

Por: Sheila Montaño

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Son 130 millones y necesitamos un Presidente que rediseñe de equilibrio a México

Se cumplió el segundo año de un mandato que ha divido y no ha cumplido con unificar a una nación tan importante para el continente americano, como es México. Este 1 de diciembre, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), cumplió dos años de estar en el poder. Su segundo año de gobierno ha estado marcado por un hundimiento serio y por una argumentación que busca encubrirlo.


El naufragio existente se venía gestando desde antes de la pandemia. En temas de salud, el gobierno resolvió cambiar de golpe y sin transición adecuada la manera de organizar los hospitales públicos del país. Desapareció el Seguro Popular y dio paso al Instituto de Salud para el Bienestar. El efecto fue un desabasto de medicamentos y un repunte en las observaciones por falta de atención médica. Después llegó la pandemia, con resultados aún más funestos para el país.

En temas financieros, el triunfo electoral de López Obrador y sus acciones en el gobierno generaron una epidemia de susceptibilidad entre los empresarios, que derivó en el freno de las inversiones, tanto público como privado, que el año pasado provocó un decrecimiento de la economía. Su administración había llevado ya al país a esta casi recesión cuando llegó el COVID-19.


De ello, en el trayecto inicial del segundo año de este gobierno, nuestro pais tenía la guardia baja en su sistema de salud y su economía. Al llegar la pandemia, se certificó el colapso: México está evaluado como uno de los peores países del mundo en la gestión del COVID-19, prácticamente en cualquier métrica (muertes, atención y cuidado al personal médico y protocolos de salud pública, número de pruebas, índice de positividad, mortalidad en hospitales públicos, fallecimientos de personal médico). Paralelamente, el Banco de México anunció que el país caerá este año el triple que las economías emergentes (-8.9%) y el próximo año solo crecerá poco más de la mitad (3.3%) que las otras naciones de su tipo.

Para el mandatario, “íbamos muy bien” hasta que llegó la pandemia. El contexto es que el desplome estaba en marcha antes de la irrupción del covid 19. Cuando el virus llegó a México, el gobierno dificultó la implementación de un gran programa de apoyo para aliviar a los más vulnerables frente al paro económico que trajo la crisis sanitaria. También, en el manejo epidemiológico, ha prevalecido el interés político del gobierno antes que la seguridad y la salud de la población.


Ante este desastre real, el responsable del ejecutivo apostó por resonar las adversidades del pasado. Mientras la población ve cómo escala la cifra de personas muertas por la pandemia, el mandatario se ha ocupado en hablar de lo grave de la corrupción de sexenios anteriores: hay un pueblo agobiado por una pandemia, y responsable de la dirección de esta nación, solo recibe frases de él diciéndole que todas sus desgracias son culpa de que en el pasado se robaron dinero.

Mientras suceden las muertes, los contagios, la pérdida de empleos y la economía paralizada, el presidente está dedicado a hablar de casos de corrupción, la exposición de casos de ex funcionarios, los sobornos en iniciativas y otros expedientes inconvenientes que, si bien deben procesarse institucionalmente para erradicar la impunidad, se han utilizado flagrantemente como cajas chinas para encubrir la trágica realidad de la pandemia, cuyos demoledores efectos han sido más profundos por la ineptitud del gobierno.

Si algo se sostiene y es claro el segundo año de gobierno es que la justicia tiene acento político: se apresura en ajustar cuentas con los delitos del pasado mientras se tiende un manto de impunidad para la corrupción del presente, evidenciada en el nulo castigo a sus colaboradores, sus aliados y hasta sus familiares, por actos similares.


Cuando alcanzó el poder, el ofrecimiento era un cambio de sistema, un “saneamiento” de la existencia política, una evolución a la altura de las más grandes gestas históricas mexicanas. Y junto con ella, el fin de la descomposición y el fin del “neoliberalismo” para dar paso a la ansiada igualdad, a niveles de vida aceptables para todos, un sistema de salud como de naciones competitivas como naciones nórdicas y donde iniciará un espacio de paz, que ponga solución a la inseguridad, violencia y muerte de las décadas anteriores. Y todo, en el menor tiempo posible.

Ese era el ofrecimiento. El contexto, dos años después, es que no solo no se ha alcanzado lo prometido sino que todos los indicadores muestran que, en los temas centrales de su programa, lo que hay es una regresión: la corrupción cambió de protagonistas, la insatisfacción económica del neoliberalismo es ahora una profunda crisis, la anhelada igualdad se topó con que este año habrá 12 millones de pobres más, el sistema de salud está peor que antes y la pesadilla de violencia alcanzó nuevos récords. En estos dos años, el gobierno acumula 70,000 homicidios.


Pero nada de esta realidad parece importarle al mandatario. Él reclama en tener otros datos, aunque nunca los presenta. Y frente al hundimiento, redobla la retórica épica, los lemas optimistas y las mentiras redondas sobre lo alcanzado. Por eso una parte central de su política es combatir, descalificar e incluso perseguir a quienes, con datos, desenmascaran la farsa: periodistas, científicos, intelectuales y organizaciones no gubernamentales.

En sus diálogos matutinos las frases se acumulan: “Vamos muy bien”, “ya pasó lo peor”, “domamos a la pandemia”, “la economía va requetebién”, “se acabaron las masacres”, “el pueblo está feliz, feliz, feliz”. AMLO habla y habla y habla de un país inexistente mientras su gobierno destruye mucho y casi no construye nada.


Frente a los datos, los eslóganes. Frente a la desgracia, la verborrea. López Obrador prefiere hablar hasta más de tres horas diarias en su conferencia de prensa matutina que aterrizar las acciones de gobierno. Porque su gobierno es eso: una gran transformación construida de palabras y vacía de hechos.

Hoy hay retos económicos, hoy hay retos de atención medica no solo ante el covid, sino cáncer, VIH, la desaparición de fideicomisos, la falta de dialogo con mandatarios o líderes que no piensan como él y sobretodo, se está perdiendo ser el líder y encabezar con unidad y sensibilidad una nación que nos demanda unidos. Su gran pérdida es no reconocer que podría lograr más en estos momentos al ir más allá de lo que hoy se demanda de un Presidente, hoy simplemente, necesitamos a un hombre con capacidad de dialogo, liderazgo y principios en equilibrio en México, que nos haga avanzar sin divisiones a todos. Quién le pondrá el espejo para que se observe y haga que no desaproveche los meses siguientes de su administración. Simplemente alguien que ame su patria y no solo el beneficios de servir a unos cuantos o ser porcentaje… son 130 millones y necesitamos un presidente que se sienta consiente de que nuestra voz es la que gobierna.

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